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YÉCORA
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Yécora
es un valle rodeado de montañas situado a 1250
metros sobre el nivel del mar al que se llega después
de ascender más de 2000 metros por una bien cuidada
carretera.
Antes de la llegada de los españoles, Yécora
ya era asentamiento de los indios pimas y hasta la fecha,
esta tribu se mantiene sólida a muchas de sus costumbres
y distribuidos en comunidades en parte del territorio
del municipio.
Las maravillas naturales de este lugar son indescriptibles
principalmente para quienes han |
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creido
que Sonora es desértico y estéril o para
quienes sólamente conocen las partes bajas del
Estado.
Esta tierra de contrastes que en invierno puede estar
nevada, seca o amarilla, nos ofrece un verdor exhuberante
los veranos, abundancia de flor en primavera, frutas,
conservas y vida animal allá por septiembre y un
otoño de colores amarillos y hojarasca. 365 días
de cambiantes panoramas y escénicos paisajes.
El pueblo, cabecera del municipio está situado
en el centro de un valle por el que corren dos arroyos
que tienen agua cristalina todo el año, y que de
Sur a Norte alimentan el Río Mulatos que viene
de Chihuahua y llegará -allá en el municipio
de Sahuaripa-, a juntar sus aguas con el Río Yaqui.
Este pueblo de techos de lámina que exigen inclinada
pendiente para soportar la nieve de los inviernos y las
abundantes aguas de todas las tardes de verano, relumbra
entre lo verde de la gran montaña y el azul de
su infinito cielo para recibir al viajero que baja serpenteando
de los riscos de la Sierra Madre.
Yécora tiene importantes medios de subsistencia
entre los que destacan la ganadería y la explotación
forestal de la madera de pino. Tiene potencial minero
y ha desarrollado una nueva cultura ante la demanda de
servicios que el tránsito carretero ha generado
en los útimos 20 años en los que ha crecido
el comercio, el transpore de carga y pasaje entre los
estados de Sonora y Chihuahua por esta ruta, Mex. 2 que
corre desde la ciudad de Chihuahua hasta Hermosillo, capital
de Sonora.
Las mismas facilidades de comunicación que permiten
ahora que de Hermosillo o de Cd. Obregón, Sonora,
se viaje por carretera segura y cómoda, han hecho
crecer una nueva industria en la región que a la
vez ha generado un nuevo concepto de servicios: El Turismo.
Yécora tiene, además de alojamiento, comida
y atención para sus visitantes, el excelente clima,
el maravilloso paisaje y el extenso, variado y contrastante
mundo natural que da la sensación de no estar en
Sonora.
San Ildefonso de Yécora, figura como misión
jesuita fundada en 1673 por Alonso Victoria. Tuvo también
el nombre de La Trinidad y en los anales de las crónicas
jesuitas se menciona como referencia en muchas de las
travesías y de los acontecimientos del rectorado
de San Francisco de Borja al que también pertenecían
algunos de los pueblos que mencionamos en esta edición:
Sahuaripa, Arivechi, Onapa y otros.
Yécora tiene sus atractivos en los que pueden recrearse
a los amantes de la naturaleza, el campismo, el alpinismo,
el ciclismo de montaña. Su biodiversidad es un
atractivo y por ley, se advierte: deben cuidarse
las plantas y animales, respetando su entorno y no entorpeciendo
su habitat y su vida, aunque inexplicablemente este
letrero está frente un aserradero.
La comunidad de Yécora se prepara para entender,
atender y dejar satisfecho a los turistas que cada vez
en mayor número visitan el pueblo y sus alrededores
entre los que destaca la Mesa del Campanero y el estilo
de vida que allá arriba se disfruta y que en el
pueblo se ha ido perdiendo.
Allá arriba del Campanero, es otro mundo.
En el puerto de la Cruz, es decir, en la parte más
alta del camino que conduce a Yécora viniendo del
Poniente, por donde llegan los visitantes de Cd. Obregón
y Hermosillo y ahora también los que viajan por
la ruta que en esta revista se propone; está un
restaurant y este año ofrecerá alojamiento
en sus ocho nuevos cuartos que ha construido justo en
principio del camino que nos lleva a la Mesa del Campanero.
Desde este lugar, iniciamos un ascenso por una cuesta
empedrada y empinada que nos llevará por el filo
del cerro hasta su parte más alta. Iremos subiendo
dibujando eses, por un camino que va por la
ladera poniente y que entre las copas de los árboles
nos deja ver a lo lejos, a veces entre las nubes el caserío
del pueblo. Pasaremos por un aserradero que procesa madera
de pino que trae de mucho más lejos porque ahí,
inmediatamente al llegar a la parte más alta encontramos
un claro señalamiento que advierte e invita al
cuidado de todos esos recursos naturales que incluyen
plantas y animales.
Tras ese letrero, los pinos, uno tras otro dejando solamente
el camino entre dos cercos de tres hilos con anuncios
de renta de cabañas, venta de lotes, hacia los
dos lados del camino. Nos estamos dirigiendo al sur por
arriba de una planicie que tiene aproximadamente 2000
metros sobre el nivel del mar. Seguimos hasta encontrar
un señalamiento que nos da la opción de
seguir a Bermúdez, Chihuahua o continuar hacia
el sureste hacia la comunidad de El Campanero.
Aquí casi ni nos vemos, pues como los lotes
son de una o varias hectáreas, los vecinos quedamos
muy lejos, nos dijo el Sr. Fraijo, quien con su
familia cultivan y procesan el producto de sus huertas.
Manzana de dos variedades, pera, ciruela, durazno, membrillo
y más. Hacemos conservas, ates, jaleas y
también secamos la fruta para hacer orejones.
Un letrero hecho con todo cuidado, invita al visitante
a detenerse a preguntar y probar.
En efecto, al entrar a la casa se advierte otra cultura,
un estilo de vida que añoramos y que en la respetuosa
y bien llevada conversación nos enseña cómo
vivir en ese medio natural aprovechando todos los recursos
que la naturaleza y la modernidad nos brindan hoy, pues
a la vez que encontramos una estufa de leña con
la hoguera encendida y las planchas de fierro listas para
la tarea, vemos las celdas de energía solar y las
instalaciones eléctricas para consumo doméstico
que incluyen televisor y refrigerador.
Todo es admirable alrededor allá arriba en El Campanero.
En Primavera es flores y más flores en todos los
árboles frutales; en verano todo es verde y fruta
madura en todas las huertas; en otoño, es en serio
la caída de las hojas que primero se despiden cambiando
de color; en invierno, la época más dura,
el paisaje se decora con la nieve, la escarcha y el brillo
del sol que se filtra por las copas de los gigantescos
pinos coloreando también, como hilos de plata el
humo y los vapores que exhalan por doquier las chimeneas.
La invitación a Yécora está abierta
a todos, todo el año, la sugerencia es disfrutar
del buen clima en el verano como se ha hecho costumbre;
pero también se pueden gozar por igual otras épocas
que nos ofrecen la gama completa de paisaje. |
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